La Pizarra
Educarnos para educar
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Hoy Killian ha estado especialmente nervioso. He decidido llamarlo a mi mesa mientras el resto del grupo estaba trabajando las tablas de multiplicar, con la finalidad de que las repasara conmigo. Hemos estado trabajando juntos y he podido comprobar que se algunas las tiene ya sabidas. Aprovecho la ocasión para mostrar mi satisfacción y acabo con una evidente muestra de afecto, con un abrazo, que recibe con entusiasmo. Inmediatamente, su hermano Adonis me requiere para que repasemos juntos las tablas a lo que, evidentemente, también accedo.
- ¡Eso no es culpa mía!
Miguel siempre juega. Juega en todo momento. Juega a hacer caras, a empujar, a hacer gestos de agresión, a reírse por todo. No sabe como actuar en situaciones de grupo. Es rechazado por su forma de actuar y muestra, como en esta ocasión, una falta de empatía algo preocupante. No sé si por una falta de entrenamiento en las relaciones con los demás o como defensa inconsciente hacia lo desconocido. O por las dos cosas.
Luego hemos iniciado un debate en la clase sobre la necesidad de realizar un cambio en el aula. En ese instante se han concentrado más en la tarea. Se han tranquilizado y hemos comenzado a estudiar una nueva disposición espacial para los muebles del aula. Han sido más capaces de esperar sus turnos de palabra, de opinar, de ofrecer alternativas... Al final se ha consensuado una nueva distribución de los espacios del aula.
Comienzo hoy este diario para intentar poner algo de luz en mis reflexiones e impresiones sobre el hecho de educar. Para desahogar mis intentos de comprender de qué materia, tan vaporosa y sutil a veces, está hecho esto de la enseñanza. Se equivocan quienes ven en la educación una tarea fácil. Los que piensan que educar es abrir la puerta al conocimiento y que ese abrir es tan sencillo como el mero hecho de hablar y dejar que lo aprendido salga e impregne las mentes de los que nos escuchan. ¡Son tantos los hilos de este telar!, ¡son tantas las manos que en esta confección se afanan!, ¡son tantos los procesos ajenos que le influyen! Creo en el arte de educar. Creo que hay que estar en el instante en que se produce el alumbramiento, para saber, para entender lo que significa la Educación. La distancia que, a veces, media entre el maestro y su alumno, es tan grande como siglos, milenios de evolución de la humanidad. Nuestros alumnos y alumnas están en ese estado antiguo, en ese momento larvario que anuncia su nueva forma. Nuestras conciencias de adulto, hace ya demasiado tiempo que dejaron atrás la metamorfosis que ahora contemplan. Se han transformado. Ya son otras. ¿Cómo entenderles?, ¿cómo reconocer sus vacíos, sus necesidades, su forma de cuestionarse el mundo, su manera de relacionar y de comprenderlo todo?
A veces miran, pero no ven lo que yo. A veces me escuchan, pero los sonidos que salieron de mi boca, por no se que arte de magia, se convirtieron en sus cabecitas en otra cosa, en ruido distorsionado, en otras palabras, en vacío, en nada. A veces surge el temido muro. Ese que nos separa y nos aisla. Un muro invisible como de años, que viene a separarnos, a incomunicarnos. Son momentos duros, de una cruda soledad. Momentos que nos hacen recorrer caminos laberínticos para salvarlo, momentos de angustia, de desconcierto, de no saber muy bien qué es lo que no funciona. ¡Son tantos los hilos, tantas las manos, tantas las circunstancias!
Pero otras veces ocurre. Surge. Notas que las ideas no se atascan, que la clase se concentra, que tus palabras no son devueltas con gestos de incomprensión, que todo funciona. Ves la ilusión en sus caras, el ímpetu en sus gestos, sus manos concentradas en la tarea, sus mentes enredadas en el trabajo propuesto… Ves como avanzan, como lidian con las dificultades, como vencen y como, al término, salen contentos, llenos de energía, dispuestos a seguir abriendo brechas en el oscuro campo del conocimiento. Quien lo haya visto, quien lo haya vivido, puede acercarse al camino arduo de la Educación con la conciencia de estar más cerca del artista que del técnico.